Se desmorona al fin la hegemonía de la espera, esa tiranía de minutos que nos mantuvo inertes. Mi pulso reclama la invasión de tu atmósfera, el colapso de mi centro en tus vertientes.
Aspiro la inminencia de tu cuello, el rastro de una sed que no conoce de treguas ni medidas; quiero que el roce sea un impacto, un astro estallando en la humedad de nuestras vidas.
Posee mi conciencia en el fragor del tacto, que tu piel sea la única ley que me gobierne; busquemos en el espasmo el más sagrado pacto, donde el tiempo se detenga y se nos interne.
Navegaré el relieve de tu espalda, ese mapa de seda y de nervios donde mi boca se extravía, mientras la urgencia del encuentro nos atrapa en una liturgia de entrega y de osadía.
Quiero que mis manos reconozcan tu contorno, que tu respiración se enrede en mi garganta, y en este bendito y esperado retorno, se rinda la carne a lo que el deseo levanta.
Fundir la médula, el instinto y el desvelo, en una danza de sístoles que no dé respiro, hasta que el vaho de nuestros pechos sea el cielo donde se pierda el último y más hondo suspiro.
Bebamos de la copa de este instante prohibido, donde los poros dictan su propia sentencia; devórame el nombre, piérdeme en lo vivido, hasta que no quede rastro de nuestra carencia.
Seamos una sola voluntad, una marea espesa, un nudo de venas y de urgencia compartida, donde la boca encuentre lo que el pecho no expresa y el placer sea el único lenguaje de la vida.