La noche no siempre es descanso.
A veces es un escenario inmóvil
donde todo permanece en pausa
excepto la cabeza.
El cuerpo pide tregua.
Los párpados cooperan.
Pero hay una vibración interna
que no cede.
Como un zumbido persistente
en el centro del pecho.
El techo se convierte en una superficie conocida,
como si uno pudiera memorizar su textura
de tanto mirarlo.
El reloj emite su dictamen
en números rojos.
Las 3:12.
Las 3:47.
Las 4:19.
La noche se convierte en una sucesión de cifras sin sentido.
Pienso cosas que no importan.
Recuerdo conversaciones inconclusas.
Palabras mal dichas.
Errores de años atrás
que regresan como si aún tuvieran algo que cobrarme.
Y me digo que mañana,
cuando amanezca,
todo esto será irrelevante.
Pero eso no consuela.
El insomnio no razona.
No es una falta de sueño,
es un exceso de presencia.
Estar demasiado.
Estar más de la cuenta.
Como si el cuerpo no supiera
cómo salirse de sí mismo.