Mario Gonzales Benito

Hasta romperse… y volver a latir

Llora hasta que el alma ya no aguante más.

Llora hasta que la voz se quiebre

y el silencio sea lo único que quede contigo.

Llora sin esconderte,

porque hay dolores

que no se curan fingiendo que no existen.

Ora en silencio,

aunque sientas que nadie escucha.

Aunque el mundo siga girando

como si tu corazón no estuviera hecho pedazos.

Deséale el bien…

sí, deséale el bien,

aunque por dentro algo se desgarre.

Aunque tengas que sonreír

mientras por dentro te desmoronas.

Eso duele.

Duele como despedirse

sin estar listo.

Hay noches

en que el cuerpo se rinde.

En que los minutos pesan como años.

En que el aire no entra completo

y sientes que el mundo se te viene encima.

Te sientes pequeño.

Invisible.

Roto.

Y aun así…

sigues ahí.

Con los ojos hinchados.

Con el corazón temblando.

Pero sigues ahí.

Porque aunque hoy sientas

que ya no puedes más,

aunque el dolor te abrace

como si fuera eterno,

no lo es.

El alma no llora para morir.

Llora para vaciarse.

Y un día —no hoy, quizá no mañana—

vas a respirar profundo

sin que duela.

Vas a recordar

sin quebrarte.

Y ese mismo corazón

que hoy se rompe en silencio

latirá más fuerte,

más sabio,

más humano.

Llora.

Pero no te rindas.

Porque incluso en la noche más oscura,

sigues siendo luz

aunque todavía no lo veas.