Llegué con los brazos abiertos, como una puerta desencajada,
cosiendo recuerdos en los ojales de mi abrigo
como quien guarda dientes de leche en una caja de latón.
Que me sirvan la nostalgia en una copa de plata,
fría como el mármol de una morgue.
Recuerdo la lluvia de tus ojos:
no era agua, eran copos de nieve, blancos y crueles,
una invasión de polillas silenciosas sobre mi piel.
¿Por qué este impulso de acurrucarse en una sonrisa? Tu boca es un arco de astros, clavos de luz en el techo de mi celda.
Esa curva en tu rostro es una trampa tibia,
un nido de pájaros que contiene todo el cielo
y, a la vez, el peso muerto de las estrellas.
No me importa que diseccionen mi amor sobre la alfombra.
Si existir es este oficio de preceder al daño,
me bebo el dolor de mi propia vida como un tónico amargo,
una medicina necesaria que guardo bajo la lengua.
Los milagros son mudos, como los objetos en un museo.
Son como tú, una intrusa caminando por mi ventrículo izquierdo,
haciendo que el pulso se desacelere hasta ser una línea de tiza,
un instante embalsamado en ámbar.
\"Tú nunca entenderás lo que te quiero...\"
porque estás sepultada en mí, dormida como un fósil perfecto en el sótano de mi sangre.
Te oculto con un llanto que sabe a sal y a hierro,
perseguida por esa voz de acero que me atraviesa,
limpia y afilada, como el cuchillo que corta el pan de cada día.
m.c.d.r