R.

Tu

Al yacer,

fantaseando con la belleza inmutable,

me vi suspendido en movimientos sutiles,

como hojas que la brisa desnuda

sin tocarlas del todo.

Entre suspiros sollozos,

mis oídos aprendían una melodía nueva,

una que no se escribe

pero se siente en la piel

cuando el silencio se ondula.

El vaivén ritmo secreto

todo parecía coordinarse:

cuerpos, aire, tiempo,

como si el mundo ensayara

su obra más perfecta.

Y yo,

fanático de lo intangible,

adorador de lo que no se posee,

me entregué a ese instante

donde el deseo no pide forma

y la belleza existe

solo porque se intuye.