Había un viento que conocía tu nombre
y entraba por mi ventana sin pedir permiso,
trayendo el olor de tus brazos,
esa costumbre antigua
de sentirme pequeña
cuando me abrazabas.
Anoche te ví...
No como los hombres que se aparecen en la memoria,
sino como una presencia tibia
que intentaba tocar mi mano
desde el borde del arrepentimiento.
Tus dedos estaban a un suspiro de los míos.
Y yo…
Yo quería quedarme.
Quería que el sueño me mintiera un poco más,
que tu pecho fuera refugio
y no herida.
Pero entendí algo
que no se aprende con besos
sino con traiciones:
Hay fuegos que calientan
y hay fuegos que consumen.
El tuyo, amor,
ardía demasiado cerca de mi fe.
Me alejé.
No porque no deseara tu abrazo,
sino porque sabía
que tu calor abriría otra vez
la costura mal cerrada de mi alma.
No soy tu redención.
No soy la mujer que va a levantarte del polvo.
No vine al mundo a salvar hombres
que aún no quieren salvarse.
Eso se lo dejo a Cristo.
Porque lo que no está en mis manos
no me pertenece.
Y lo que no me pertenece
no lo persigo.
Hoy oro por ti
como quien entrega una carta
al cielo
sin esperar respuesta inmediata.
Que entres en tu desierto.
Que el silencio te limpie.
Que el sábado te encuentre
con la frente inclinada
y el orgullo rendido.
Y mientras tanto…
Camino.
Con el corazón todavía sensible,
pero ya no encadenado.
Si algún día el viento sopla limpio
y mi pecho no sangra al pronunciar tu nombre,
entonces quizás
te recordaré
sin que duela.
Pero hoy…
Hoy elijo la paz
aunque me tiemblen las manos.
Porque “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará”
(Filipenses 1:6)
Y esa obra,
no depende de mí.
Firmado en silencio ardiente.
ππͺπΏπ♥οΈ
12-02-26