No traía el mundo en sus manos,
tenía mi vida a sus pies.
No vestía túnica negra,
llevaba abrigos de piel.
Su perfume era tan hermoso
como una noche de lluvia lenta.
Entró a mi vida disfrazada de alegría.
Cada palabra, cada sonrisa,
cada caricia prestada
engañó a mi mente y a mi corazón.
Nos envolvió en su mundo
hasta volvernos
su fiel y amado juguete.
Llegó como la muerte:
sin aviso.
Vino, ayudó…
y me enterró
donde el frío duele más que el invierno,
donde no quema el infierno,
pero tampoco calienta el amor.
Sus besos fueron guadañas,
cortando lo poco que quedaba en mí,
enterrándome en un lugar
al que siempre temí llegar.
Me enterraste donde dejé a mi padre,
donde escondí la ansiedad,
el desespero
y el desinterés por seguir.
Y aun así, esta muerte era hermosa,
olía bien.
Sus mentiras sabían a dulces,
a delirios exóticos,
a un mundo que quise habitar.
Me enamoré de una muerte
que nunca pensé conocer.
Entre más llegabas, más te ibas.
Me animaste, dudaste…
y al final, solo me dejaste.
Ya no más tus besos.
Ya no más tu perfume.
Ya no más esos recuerdos
que me hacían feliz
como al niño que siempre fui.
Terminé en el olvido:
muerto, desvivido.
Hay algo extraño y bello
en morir por una muerte así.
Y aun sabiendo lo cruel que fue,
moriría mil veces
con tal de recordar
que te tuve,
y que mi final fue
hermoso física y espiritualmente.
Hoy, sin alma y sin reclamos,
solo puedo decir:
gracias, muerte.
Gracias, chica.
Fue un honor tenerte.
Y si algún día regresas,
no al cielo,
no al infierno,
sino a mí…
aquí estaré.