Mp Miranda

La muerte que olía a perfume

 

No traía el mundo en sus manos,

tenía mi vida a sus pies.

No vestía túnica negra,

llevaba abrigos de piel.

Su perfume era tan hermoso

como una noche de lluvia lenta.

Entró a mi vida disfrazada de alegría.

Cada palabra, cada sonrisa,

cada caricia prestada

engañó a mi mente y a mi corazón.

Nos envolvió en su mundo

hasta volvernos

su fiel y amado juguete.

Llegó como la muerte:

sin aviso.

Vino, ayudó…

y me enterró

donde el frío duele más que el invierno,

donde no quema el infierno,

pero tampoco calienta el amor.

Sus besos fueron guadañas,

cortando lo poco que quedaba en mí,

enterrándome en un lugar

al que siempre temí llegar.

Me enterraste donde dejé a mi padre,

donde escondí la ansiedad,

el desespero

y el desinterés por seguir.

Y aun así, esta muerte era hermosa,

olía bien.

Sus mentiras sabían a dulces,

a delirios exóticos,

a un mundo que quise habitar.

Me enamoré de una muerte

que nunca pensé conocer.

Entre más llegabas, más te ibas.

Me animaste, dudaste…

y al final, solo me dejaste.

Ya no más tus besos.

Ya no más tu perfume.

Ya no más esos recuerdos

que me hacían feliz

como al niño que siempre fui.

Terminé en el olvido:

muerto, desvivido.

Hay algo extraño y bello

en morir por una muerte así.

Y aun sabiendo lo cruel que fue,

moriría mil veces

con tal de recordar

que te tuve,

y que mi final fue

hermoso física y espiritualmente.

Hoy, sin alma y sin reclamos,

solo puedo decir:

gracias, muerte.

Gracias, chica.

Fue un honor tenerte.

Y si algún día regresas,

no al cielo,

no al infierno,

sino a mí…

aquí estaré.