Existe un tren que no tiene estación, no hay billetes, no hay andén, no hay reloj. Solo aparece cuando cierras los ojos y el sueño comienza a encender sus rojos.
Su maquinista es un bostezo largo, su carbón, de suspiros viejos y amargos. No silba al partir, no hace ruido en la vía, es un tren de algodón, de luna y porfía.
Llega sin prisa, se detiene en tu almohada, abre sus puertas de espuma callada. Y los niños, que esperan con sus párpados bajos, suben despacio, sin dar un paso.
El vagón de carga, profundo y oscuro, guarda tesoros de aire y conjuro. Cajas de suspiros, con lazo de niebla,
fardos de silencio, livianos como hiedra, sacos de estrellitas, rotas por el uso, que aún titilan con su brillo confuso.
Y el tren se desliza, sobre rieles de nada, por la Vía Láctea, polvorienta y callada. Atraviesa el Valle de los Murmullos, donde ecos de cuentos descansan en bultos. Allí las palabras se vuelven arena, y el viento las canta, las lleva, las llena.
Luego viene la Colina del Arrullo, cubierta de mantas y arrullos en su tuto. Los árboles mecen canciones antiguas, las ramas susurran nanas ambiguas.
Y el tren aminora su suave traqueteo, como quien camina con mucho rodeo.
—Chacalá, chacalá, chacalá, chacalá— cantan las ruedas, sin prisa, sin ya. Es el ritmo del pecho cuando va bajando, es el pulso del niño que se va quedando.
Por fin, en lo hondo, la Estación del Sueño Profundo. No hay luces ni anuncios. No hay nadie en el mundo. Solo los niños que descienden en calma, con sus suspiros nuevos, con su reciente alma.
Allí los reciben, sin nombre ni prisa, sábanas que envuelven, mantas que improvisan. Y cada pequeño, con su lunar de cansancio, se hunde en la nada, encuentra su espacio.
El tren no espera. No mira hacia atrás. Recoge otros sueños que esperan nomás. Y vuelve a cruzar el Valle, la Colina, con su carga de estrellas, su luz peregrina.
Afuera, en el cuarto, la noche respira. La luna vigila, el reloj no mira. Y un niño, dormido, sonríe en la alfombra
de un tren que en sus ojos todavía sombra.
Porque el Tren Noctámbulo nunca se detiene. Va y viene, va y viene, va y viene. Y mientras haya un niño que cierre los ojos, habrá un tren de suspiros, de estrellas y antojos.