El karma es una perra,
educada, paciente,
te sonríe mientras juras
que saliste limpio.
No hace escándalos,
no publica historias,
solo guarda recibos
como si fueran trofeos.
Te deja subir,
posar, presumir,
porque sabe que la caída
se disfruta más desde arriba.
Cuando llega,
no explica nada:
te mira como diciendo
“¿te acuerdas?”
Y ahí entiendes
—demasiado tarde—
que no fue mala suerte,
fue agenda.