Lloré.
Sueño con los mundos
del Quijote
que mi mamá me leía
a los nueve años.
Aguanté hambre de niña.
Comía pan
que a veces no sabía
a huevo
ni a azúcar.
Subo al tren,
y por dentro
retengo el agua.
Las estaciones
se deslizan,
sombras
se pierden entre los vagones.
Miro por la ventana,
el viento
rozando mi cara,
dejando ir
lo que pesa.
Y me pregunto:
¿todo lo que quedó atrás
fue pérdida?
No.
El impulso equilibra mi vuelo
y la fuerza me eleva. Azucena Ibatá Bermudez