Son pasadas las tres de la mañana
y el mundo duerme
pero mi cabeza ensaya tormentas,
mi almohada sabe demasiados secretos,
secretos que nunca se quedan callados en mi cabeza,
que dan vueltas y vueltas
como si buscaran una salida incierta.
La noche me mira sin juzgar,
pero tampoco me salva.
Y en este cuarto oscuro
soy eco de todo lo que no dije,
de todo lo que aún no puedo nombrar.
Pero el amanecer siempre insiste,
aunque yo no crea en él a esta hora.
Y tal vez mañana,
con los ojos cansados pero el corazón más liviano,
alguna de estas tormentas
decida convertirse en lluvia suave.