Mario Gonzales Benito

A las dos

Son las dos de la madrugada
y algo dentro de mí no me deja quedarme en la cama.

Salgo en silencio.
El piso está frío.
El aire también.

Camino despacio,
como si cada paso intentara entender
en qué momento te me fuiste de las manos.

Miro las pocas estrellas que quedan despiertas.
Miro las montañas enormes frente a mí,
oscuras, inmóviles,
como si supieran guardar secretos que yo no pude sostener.

Los pueblos están apagados.
Las casas duermen.
El mundo descansa.

Pero mi pecho no.

El aire frío entra lento,
me atraviesa,
me ordena un poco la cabeza…
pero desordena el corazón.

Porque en noches como esta
yo te pensaba mía.
Te imaginaba quedándote.
Te veía caminando a mi lado
cuando todo estuviera difícil.

Y no fue así.

Me equivoqué creyendo que amar
era suficiente para que alguien se quede.

Te amo…
sí.
Te amo todavía.

Y eso es lo que más duele.

Porque el amor no se apaga
cuando la persona se va.

Se queda.
Late.
Recuerda.

Te extraño de una forma que no grita,
pero aprieta.

Aprieta el pecho en la madrugada.
Aprieta cuando el viento toca mi rostro
y quisiera que fueran tus manos.

Te extraño tanto,
que a veces miro al cielo
esperando que alguna estrella
me devuelva tu voz.

Pero solo vuelve el silencio.

Y en ese silencio
mi corazón vuelve a romperse
sin hacer ruido.