Lloro hacia dentro
cuando pronuncio en silencio
el nombre de un amigo ausente.
No importa quién falló:
la ausencia siempre cobra
su propio precio.
Lloro hacia dentro
porque la piel no se abre,
porque a los hombres
nos enseñaron
a secar las lágrimas
antes de nacer.
Lloro hacia dentro
cuando la balanza se inclina
hacia el lado equivocado
y el mérito cae al suelo
como una moneda inútil.
He llorado hacia dentro
el día en que la lealtad
cambió de bando.
Lloro hacia dentro
cuando no soy suficiente
para quien amo,
cuando el cansancio
me gana la partida.
Lloro hacia dentro
al ver el dolor de un amigo,
ese dolor que no grita
pero tampoco duerme.
Lloro hacia dentro
cuando la ciudad pasa de largo,
cuando nadie se detiene
a sostener a nadie.
Lloro hacia dentro
por los que se fueron antes de tiempo,
por los nombres
que ya no responden.
Lloro hacia dentro
cuando entierro el orgullo
para que no estalle la guerra,
cuando callar
es la última forma de cuidar.
He llorado hacia dentro
frente a puertas cerradas,
me llamaron bueno,
como si eso fuera un límite.
Aprendí a vivir con ello.
Lloro hacia dentro
porque el llanto ordena el caos,
porque me devuelve
al centro.
Lloro hacia dentro
cuando el veneno es psicológico
y no deja marcas visibles.
Lloro hacia dentro
cuando no entro en el barro,
cuando elijo la orilla
y no la herida.
Lloran hacia dentro
quienes venden sus horas
a algo que detestan.
Tal vez
casi todos
lloramos hacia dentro.
No sé
si eso nos salva
o nos enseña
a rompernos en silencio.