A todos
los que tejen el día,
sin que nadie lo note.
A quienes convierten
lo imposible en sagrado
y no escuchan el tic tac
de los relojes rotos.
A todos los que se refugian
en rocas que vigila el silencio,
dejando que aniden
las alondras por dentro.
A aquellos que se cuelan
en el olor del café de las mañanas
y en la forma en que
la tarde se va quedando quieta.
L.G.