Samuel Gelvez

La luz que no se apaga

Se detuvo el tiempo en aquel enero frío, cuando el mundo, de pronto, cambió su color. Tu, que sanabas con manos de alivio, nos dejas ahora curando un dolor. 

Tus libros abiertos, tus metas tan cerca, testigos constantes de tanta entrega. Esa disciplina, tu calma, tu fuerza, la bondad que en tu alma siempre se hospeda. 

Hijo, orgullo de pasos constantes, que buscaste en la ciencia el don de ayudar, hoy eres el pulso de nuestros instantes, el eco bendito que no ha de callar. 

Nos quedan tus risas, los días compartidos, el brillo en tus ojos, tu noble existir. Aunque hoy el silencio nos deje heridos, tu rostro de luz se queda aquí.

No mueren los sueños que diste a la vida, ni el amor que en nosotros lograste sembrar. Juan Sebastián, alma querida, en cada latido te habremos de hallar.

Dedicado Para ti hijo mio, que mis palabras te lleguen al cielo