Tus venas cavitan el sarro
de la vieja prostituta,
cuyas lágrimas rancias
ya no lavan la amarga culpa.
De tu tronco estéril
brotan frutos sin semilla:
ofrendas inútiles,
yertas, malditas.
Más corteza que cortesana,
sirves para encender
el delirio hirviente
del éxtasis
en cuerpos de hombres y mujeres
que impregnan tus noches
con olores enfermos,
con el sudor agrio
de sus pieles.
Te beben a sorbos,
y después te devuelven
en espasmos
de tos amarga,
en atoros,
cuando tu ponzoña
les come los bronquios.
Tu deuda
no será condenada,
pues a mí
no me debes nada.
No clarea la sombra
blancura pintada.
Ni acepta el barquero
monedas falsas.
Tú, flor divina,
lirio del valle,
que se nutre sola
de los amores que aborta,
perfumas la noche
con el veneno imposible
de tu boca.
Estás seca.
Y cuando sanes de tu belleza,
los espejos
dictarán sentencia:
seca por dentro,
seca por fuera.
Claudio M. López ©