Escucho un crujir
de platos, allende
la puerta que linda
mi habitación propia.
Escucho un habitar
de gentes, diversas,
de colores harto diferentes
al mío, y yo,
abrumado detrás,
me ensimismo
en una suerte de crisálida
que me llama con su abrigo.
Escucho una música
que no es mi música,
unas voces que pronuncian
palabras que no son mis palabras,
y me refugio en una crisálida
de frágil alabastro, traslúcida,
que me permite a salvo divisar
las sombras allende esta caverna.
Escucho un musitar de oraciones,
un rosario de términos
que no son mis términos,
y me empuja, eso, a buscar
la cápsula de esa crisálida, sita
dentro de una habitación propia,
dentro del abrigo aislante
de un edredón blanco, inmaculado.
Escucho un crujir de platos,
un estrellar de cubiertos sobre alabastro,
una sinfónía que no es mi sinfonía.