Leoness

Extraña ancla, flota

Aquel puerto que me niega el muelle,

una paz furiosa que me arranca el sueño,

un horizonte que jamás rehulle,

el único dolor del que soy dueño.

 

Ahí confluyen todas, en una arista:

el suave arrullo y el filoso quiebre,

la mano cálida que el alma alista

para la herida atroz que nunca se abre.

 

Yace la pasión cada noche, desgarradora,

un rito atávico de sed y de ceniza,

donde el roce es incendio que devora

y el silencio es la brisa que lo suaviza.

 

Como dos líneas que se besan, solo

en un punto febril de la memoria,

luego se extienden, sin final ni dolo,

las distancias, narrando otra historia.

 

Esa costumbre extraña de ser mi certeza

cuando solo, eres un espejismo roto,

y me ata a un vaivén de incierta belleza,

un ancla de cristal que en el mar flota.

 

Tropiezo constante al quererte libre

mientras mi impulso exige poseerte,

vivir del eco, de un temblor, de un calibre

de ausencia que me obliga a merecerte.

 

Esta turbulencia es mi única casa,

el caos vertiginoso donde hallo mi centro,

mientras más te vas, mientras el tiempo pasa

más te encuentro distante, aquí, dentro.