No nació villano.
Nació hombre.
Con manos torpes para amar
y un corazón que creyó
que el mundo podía ser suave.
Ella fue su tregua.
La voz que desarmaba la guerra
antes de que existiera.
La única que vio al monstruo dormido
como a un niño cansado.
Pero los dioses siempre cobran
lo que más duele.
Murió en un día común,
sin épica,
sin justicia,
sin última promesa cumplida.
Y con ella murió
la versión del mundo
que aún tenía color.
Desde entonces,
cada crimen es una carta que no puede enviarle.
Cada ciudad en llamas,
un intento torpe de gritar su nombre.
Cada cadáver,
una pregunta lanzada al vacío:
“¿Ahora sí me ves?”
Los héroes dicen que es maldad.
Los libros lo llaman corrupción.
Pero nadie escribe
sobre la silla vacía en la mesa,
ni sobre la cama fría
donde el amor se volvió recuerdo.
La esposa muerta de cada villano
no descansa en tumbas.
Vive en su rabia,
en su silencio,
en ese segundo antes de destruirlo todo
donde aún desea
que ella estuviera ahí
para detenerlo.
Y si el mundo arde,
no es por odio.
Es porque nadie supo
qué hacer
con un hombre
al que le quitaron
lo único que lo hacía bueno.