Jhondy Algenys

La esposa muerta de cada villano

No nació villano.

Nació hombre.

Con manos torpes para amar

y un corazón que creyó

que el mundo podía ser suave.

Ella fue su tregua.

La voz que desarmaba la guerra

antes de que existiera.

La única que vio al monstruo dormido

como a un niño cansado.

Pero los dioses siempre cobran

lo que más duele.

Murió en un día común,

sin épica,

sin justicia,

sin última promesa cumplida.

Y con ella murió

la versión del mundo

que aún tenía color.

Desde entonces,

cada crimen es una carta que no puede enviarle.

Cada ciudad en llamas,

un intento torpe de gritar su nombre.

Cada cadáver,

una pregunta lanzada al vacío:

“¿Ahora sí me ves?”

Los héroes dicen que es maldad.

Los libros lo llaman corrupción.

Pero nadie escribe

sobre la silla vacía en la mesa,

ni sobre la cama fría

donde el amor se volvió recuerdo.

La esposa muerta de cada villano

no descansa en tumbas.

Vive en su rabia,

en su silencio,

en ese segundo antes de destruirlo todo

donde aún desea

que ella estuviera ahí

para detenerlo.

Y si el mundo arde,

no es por odio.

Es porque nadie supo

qué hacer

con un hombre

al que le quitaron

lo único que lo hacía bueno.