No amanecemos:
despertamos heridos.
Con la conciencia llena de esquirlas
y el cuerpo obedeciendo por costumbre,
como un soldado que ya no recuerda
por qué sigue en pie.
La añoranza no es nostalgia,
es un músculo tenso:
el recuerdo de cómo era respirar
sin contar los latidos,
sin medir los pensamientos
como si fueran cuchillas.
Queremos recuperar la salud mental
como quien busca agua
en una tierra que antes fue fértil.
No pedimos euforia,
solo silencio interno,
solo una noche sin emboscadas.
Cada día se parece a una batalla,
pero no épica.
No hay trompetas ni victorias claras.
Hay trincheras invisibles:
el miedo,la culpa,
la duda que regresa puntual
como una alarma maldita.
El sufrimiento no grita,
susurra.
Se sienta a nuestro lado
cuando fingimos normalidad,
cuando trabajamos,cuando sonreímos
para no preocupar a nadie.
Mes tras mes aprendemos a resistir
con lo mínimo: una respiración profunda,
una mano firme, un pensamiento que no se rinde
aunque tiemble.
El año no pasa:
se acumula.
Y aun así, seguimos aquí,
con la esperanza herida
pero viva, creyendo aunque cueste
que la mente también puede sanar
como sanan los huesos,lento,
con dolor, pero con memoria de fuerza.
Porque quien lucha por su salud mental
no es débil: es alguien que ha visto el abismo
cada mañana y, aun así,
decide volver a intentar
vivir.