Ni el cielo dio señales, ni el aire un presagio, aquella tarde oscura, cuando tus ojos y los míos se midieron, ciegos a su propia desmesura.
Fuimos dos astros errantes en un mapa de rutas todavía mudas, creyendo que el azar era el dueño de aquella coincidencia pura.
¡Qué ingenuos los latidos! Jugaban a ser extraños en la multitud, sin saber que el corazón ya firmaba su rendición y su clausura.
Tú hablabas de inviernos, yo hablaba de sombras y de barcos rotos; la vida, en silencio, ya tejía los hilos de nuestra mutua atadura.
Ni el rastro de un deseo, ni el plan de una vida escrita en las palmas; éramos dos extraños mirándose al alma, sin miedo y sin premura.
Nadie nos dijo que el mundo se acababa y empezaba en ese roce, que aquel \"cara a cara\" era el fin de la sed y el inicio de la cura.
Si entonces lo hubiéramos visto, ¿habría pesado el asombro del tiempo? O quizás, como ahora, habríamos aceptado este destino de luz y locura.