Ser maniqueo es lo opuesto a lo ecléctico,
es renunciar al matiz y a la duda,
es ver el mundo en blanco o en negro,
sin aceptar la penumbra que lo habita.
Hoy abundan los maniqueos:
los que sólo distinguen buenos y malos,
los que insultan al disidente,
los que desprecian cualquier relativismo.
El maniqueo siente un odio visceral
y necesita vestirlo de razones,
erigir argumentos como murallas,
dar sentido moral a su sinrazón.
No es lo mismo que ser maquiavélico:
éste cree que el fin justifica los medios;
el maniqueo va más allá —
se cree elegido por la verdad misma.
Discutir con él es empresa ardua,
porque se sabe dueño de la justicia,
poseedor absoluto de la verdad,
y tú, inevitablemente, encarnas el mal.