Luis Barreda Morán

Soy Latinoamericano

Soy Latinoamericano 

Soy la raíz que no se ve bajo el suelo andino,
la savia oscura que sube por el tronco del quebracho.
Soy el jaguar que atraviesa la selva amazónica y sueña con pirámides,
la huella maya en la estrella, el canto azteca en el viento, el camino inca en la piedra.
Un río de historias que desborda los cauces de los mapas,
un delta de acentos que desemboca en el mismo mar salado.

No soy un solo color, sino el arcoíris de la tierra cocida:
el ocre del desierto, el verde selva, el blanco de la cordillera.
Soy la geografía de un sueño colectivo;
un continente entero palpita bajo mi costado.

Mi voz es un archivo del viento;
trae ecos del cañaveral y del socavón.
Es el susurro de las abuelas que bordaban mapas en sus manteles,
el runrún del tren que cruzaba la pampa en la noche sin nombre.

En mi boca hay sabores a pan de yuca y a mate amargo,
a salitre pegado en los labios del puerto.
En mis venas no solo corre sangre; corre café recién colado
y un poco de ron añejo guardado para el duelo.

Mis héroes no tienen estatuas de bronce, sino de arcilla;
se deshacen con la lluvia y se vuelven a moldear.
Bolívar cabalga todavía en un caballo de nubes tormentosas;
su espada es un relámpago que no encuentra vaina donde descansar.

Martí es la palma real que escribe versos con su sombra larga,
un hombre diminuto con un corazón de archipiélago.
El Che es esa estrella incómoda que sigue guiando a algunos hacia lo áspero,
un fantasma en la boina que revisa los caminos de la utopía.

Neruda puso océanos dentro de una concha de caracola,
hizo un inventario del mundo desde una piedra de Isla Negra.
Gabo tejió la realidad con hilos de banano y mariposas amarillas;
en Macondo, el tiempo es un río circular que nos moja a todos.

Galeano abrió las venas de la historia para mostrar la cicatriz,
puso el mundo patas arriba para que viera su verdad descalza.
Víctor Jara tiene las manos sembradas en cada guitarra campesina;
sus cuerdas son raíces que florecen en cada primavera que se atreve.

Maradona es el dios imperfecto que bajó de una villa,
un truco de barrio hecho carne, un espejismo en el césped.
La pelota en sus pies era un sol que obedecía su gravitación,
un minuto de pura belleza capaz de desafiar el orden del universo.

Soy el silencio elocuente de las ruinas que no son ruinas, sino semillas,
la piedra de Machu Picchu conversando con los satélites.
Soy el café de las tres de la tarde en una plaza cualquiera,
el rumor de un mercado donde se venden sueños a granel.

Soy el surco en la espalda del que cosecha el horizonte,
el libro que viaja en el metro con el estudiante que sueña.
Soy el muro con grafiti de versos y consignas borrosas,
la resistencia tranquila de una flor naciendo en el concreto.

No canto un himno; canto un tejido de murmullos,
una sinfonía de soles que nacen en el Caribe y mueren en la Patagonia.
Soy el crucigrama donde se encuentran el taíno y el gallego,
el africano, el italiano, el japonés en un ramillete de apellidos.

Soy el futuro que mira hacia atrás sin rencor, con los ojos abiertos:
un collage de memorias que se funden en un solo latido.
Un pueblo enorme y diverso, unido por una herida antigua y una esperanza tozuda.
Soy el rumor de la tierra, soy latino, soy la casa que a todos nos cobija.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Enero, 2024.