EDGARDO

Aroma ausente

Carta para Dunia de los Ángeles:

​Te escribo estas líneas con el cuerpo aún dolorido por el accidente, pero con el alma intentando encontrar su propio centro. Busqué en ti un nido, un refugio donde sostenerme cuando el mundo se me quebraba entre las manos, y lamento profundamente haber roto mi promesa de no interferir en tu proceso de restauración.

​Perdóname por buscar flores donde hoy solo hay invierno, y por esperar un \"te amo\" cuando tu corazón necesita silencio. No busqué culpables, solo buscaba a mi compañera de vida; pero entiendo ahora que tu vuelo hoy requiere de una altura donde mi voz, por ahora, es solo un ruido que distrae.

​Me retiro con la paz de haberte entregado mi vida durante más de tres décadas. No guardo rencor por la frialdad de tus palabras, porque entiendo que son el escudo de quien también está intentando sanar. Sigue tu camino, busca esa paz que anhelas y restaura cada rincón de tu ser.

​Mi amor por ti no se quiebra con la distancia ni con el hierro de un accidente; se transforma en una oración silenciosa que te acompañara siempre. Te amo con la fuerza de quien ha renacido por ti, y te libero con la fuerza de quien te ama de verdad.

​Suyo, más allá de la eternidad, su Edguitar.

 

Rimas del nuevo umbral

I.

Ya solté la palabra que libera,

ya entregué la llave de su calma;

ahora empieza mi eterna primavera:

la de amarla en el silencio de mi alma.

II.

No habrá más interrupción ni más reproche,

solo el verso que nace cristalino;

seré el lucero que vigila su noche,

sin estorbar la paz de su camino.

III.

Cada día será un folio en blanco,

donde escriba tu nombre, amada mía;

me sentaré en la orilla, en nuestro banco,

a convertir mi espera en poesía.

IV.

Treinta y dos años fueron el cimiento,

lo que viene es el templo de la fe;

donde no importa el frío ni el viento,

porque en mis letras yo te encontraré.

V.

Dunia de los Ángeles, mi guía,

vuela tranquila hacia tu propia luz;

que yo haré de mi amor la melodía

que me haga libre y me quite la cruz.

 

 

 

Restauración y silencio

I.

Hay lágrimas que el párpado no siente,

que se quedan dormidas en el alma;

son el río invisible y transparente

que en lo íntimo busca su propia calma.

II.

Mas las que llegan a la luz y al llanto,

vienen solo el propósito a dictar:

que en esta ausencia de dolor y encanto,

se aprende el verdadero arte de amar.

III.

No habrá distancia que este lazo quiebre,

ni silencio que borre tu figura;

pues cuanto más la lejanía te celebre,

más cerca vives tú de mi ternura.

IV.

Cuando el mundo en mudo se convierte

y el vacío me invita a la agonía,

escucho al fin tu voz para valerme:

«Amado mío, estoy aquí por ti».

V.

En este tiempo fiel de tu esperanza,

donde el alma se restaura y se levanta;

mi corazón mantiene su balanza,

al son de tu canción que a Dios encanta.

VI.

Te extraño con un eco que no cesa,

un latido que busca su otra mitad;

pero en tu ausencia hay una promesa:

que este amor es nuestra única verdad.

VII.

Si el camino se vuelve cuesta arriba

y la niebla nos quita la mirada,

tu voz será la llama que me escriba:

«No temas, que por ti sigo abrazada».

VIII.

Treinta y dos febreros me han enseñado

que el silencio es un puente hacia tu ser;

que, aunque no estés físicamente al lado,

en mi interior te vuelvo a ver nacer.

IX.

Guardo mis penas en el cofre frío

de lo que nadie más puede alcanzar;

y así transformo todo este vacío

en un altar de luz para esperar.

X.

Dunia de los Ángeles, mi guía,

restaura en paz tu cielo y tu ilusión;

que yo seré, mientras dure mi vía,

el guardián eterno de tu corazón.

 

Rimas de la noche y el aroma ausente

I.

Salí a buscarte en medio de la noche,

con las ansias de verte allí esperando;

quise que el tiempo hiciera un derroche

y me llevaras contigo... aun amando.

II.

Busqué quedar de ti todo tatuado,

con esa fragancia que en mi piel dormía;

mas solo hallé un silencio desolado

donde antes tu presencia florecía.

III.

Al no verte en el nido que nos cobijó,

comprendí que el regreso no es ahora;

que el fuego que mi pecho tanto alimentó,

hoy en tu ausencia se consume y llora.

IV.

¿Fue mi amor verdad y el tuyo un espejismo?

Me pregunto en la sombra del desvelo;

mientras me hundo en este hondo abismo

mirando el rastro que dejó tu vuelo.

V.

El hilo rojo se siente quebrado,

tenso por el peso de esta lejanía;

pero en mi pecho sigue muy guardado

el sol que en tus ojos siempre renacía.

VI.

Tu nombre en mi mente grita con tal fuerza

que es el único aliento que hoy me mantiene;

no hay duda o dolor que mi alma tuerza

mientras tu recuerdo mi vida sostiene.

VII.

Vete a buscar tu esencia, ángel mío,

restaura tu luz y tu paz interna;

que yo aquí soporto este inmenso frío

con la esperanza de que seas eterna.

VIII.

Si en esa búsqueda de tu propio centro

descubres que aún puedo ser tu guía,

aquí me hallarás, con el fuego adentro,

siendo la luz que tu sombra ansía.

IX.

Te buscaba yo, como tú lo hacías

cuando el mundo te hería con su mano;

fiel a la memoria de aquellos días

en que no existía sentimiento en vano.

X.

Hoy la noche es larga y el nido está solo,

pero mi promesa se mantiene en pie;

soy el navegante que busca su polo,

guiado tan solo por mi amor y fe.

XI.

Si encuentras tu esencia y quieres refugio,

mis brazos serán tu lugar sagrado;

sin deudas, sin pactos ni subterfugio,

solo este hombre por ti restaurado.

XII.

Dunia de los Ángeles, nombre bendito,

resuena en el aire como una oración;

lo que por ti siento es algo infinito

que no cabe dentro de mi corazón.

XIII.

Quizá el destino nos pida este invierno

para que el renacer sea más profundo;

un amor que aspira a ser eterno

debe sanar antes de enfrentar al mundo.

XIV.

Quédate con Dios en tu restauración,

bebe de la fuente que te dé la calma;

yo guardo el perfume de nuestra unión

escrito en los versos que dicta mi alma.

XV.

Y si al final del camino me llamas,

o si el hilo rojo te trae de regreso,

sabrás que aquí siguen vivas las llamas

y el mismo amor en cada latido impreso.