Los segundos se escurrieron entre mis dedos,
volteé y han pasado 3.115 días desde que nos conocimos.
Eras un niño de 12-13 años
quien se gastaba los recreos leyendo.
En cambio, yo platicaba y jugaba.
Después pasamos al 2 grado,
los amigos coincidían,
pero nuestras palabras nunca se topaban.
Ya es año nuevo, y terminaremos el 3 grado.
Pero las pantallas nos alejaban,
y las risas no se escuchaban.
Volvemos a comenzar,
pero ahora ya no te veo
y el tiempo me olvida y te olvida,
pero nunca te deja.
De nuevo en el punto medio,
pronto volvemos,
pero yo vuelvo y tú aún no estás.
Visitas inesperadas,
los años te han cambiando,
y ahora ya no te puedo mirar a los ojos,
el cuello me duele, porque verte es agotador,
ya que tu estatura me ha sobrepasado.
Y aquí estamos, 2023.
Tenías 18 y yo te alcanzaría en unos meses.
Éramos jóvenes y un poco tontos
(un poco más yo).
Las visitas a mi lugar de estudio,
las comparaciones de manos,
las explicaciones pacientes,
las platicas compartiendo música,
las veces que me aplaudías desde las butacas,
cuando practicabas tu inglés conmigo,
los días que se volvían con brillo
cuando reías de mis chistes tontos y nerdos
(e incluso responderías con uno mejor al mío),
y la lista seguiría, y seguiría, y seguiría.
Porque mis recuerdos contigo no tienen final.
Y ahora mira, 8 años después,
102 meses que parecen nada,
445 semanas de caminar,
3.115 días de haber coincidido
con ese niño vestido de Chocorol.
Hoy ya no eres un niño, cumples 21
y una vez más me dejas atrás,
pero descuida, porque en unos meses te alcanzaré.
Te mando un abrazo
y versos aéreos.
Feliz cumpleaños, mi gran Dirac.