Alberto Escobar

Muy tendente

 

 

 

Soy tendente. Demasiado tendente a hablar de lo fácil, para mí, y para ti también, creo, a hablar de lo que tiembla en la superficie de un órgano que late, que tiembla en tu pecho, en el mío, en el de él o ella, y que, aunque su latido no tiene otro óbice que repartir un líquido carmesí por toda una población claramente citológica, su significado no es circulatorio, su misión final tampoco creo que sea esa, sino la de registrar cual sismógrafo el recorrido de un amor, de un sentir, de un gozar, y recogerlo en un memorial que en ceros y unos quedará escrito en un mísero rincón de un cuerpo, de una maraña tan intrincada que casi nadie sabe qué se cuece en ella. Muy tendente, y no olvides que estoy a tu son, que mi misión ahora, en la vida, se ha tornado hacia ti, que esto de sentirte intrincada entre mis encantos como pez que pugna por volver a sus aguas me tiene en un brete, me sume en una perplejidad que no sé si tirar hacia delante, hacia atrás, calle abajo o calle arriba, y constato que soy pluma a merced del amor que te siento, y no puedo rebelarme a ese manejo ni parece que quiero —aunque, sí o sí, me quiero soldado a tu servicio para derribar cuanta muralla se oponga a tu dicha—, y sí, soy tendente, y no puedo hacer nada que me apee de ese ser, y es que tú, aún con todas las marejadas de tus noes hacia mí puestas en contra de nuestro mutuo amor, no consigues deponerme y dices que me piensas, que no paras de pensarme, a muy pesar de que te retienes el dedo gordo de tu mano diestra para no escribirme, que no sabes si es que me quieres o es la costumbre, que parece que soy como si fuera el plasma necesario de tu sangre, esa que explota donde se siente, y que ese, ese bulto musculado, rojo, auriculado y ventriculado, no para de latir por mi culpa, a mi costa, a pesar de las diferencias, a pesar de que tu estar sola te concede una tranquilidad que añoras como lo más preciado, como oro en paño flamenco...