En la tarvia ardiente un camión botó sus restos de cal,
y se fue, a toda prisa.
Pasaba un viejo mirando el asfalto blanquecino,
pasó rascandose una ceja, a toda prisa.
Creí volar una paloma por sobre los andamios
improvisados de mi pequeña función,
mas a media canción eché el ojo al cielo; tan solo vi al Sol,
a toda prisa.
La tinta de mis manos rauda impronta un manuscrito que,
tal vez ―y solo tal vez― no pasará a toda prisa...