Línea Gris

La Canción del Grillo Relojero

Entre la hierba húmeda y la raíz el grillo tiene su taller nocturno. No hay engranajes, no hay aguja fina, sólo su cuerpo, cuerda de sonido oscuro.

 

Es el relojero de la noche larga, pero no mide horas con tictac. Cada chirrido que afila en la sombra es un minuto que se va volando atrás.

 

Con el primer chirrido, ligero y breve, se lleva el último ruido de la calle. El motor lejano, la puerta que cruje,

todo en su frágil canto se detalle.

 

Con el segundo, largo y sostenido, arranca una preocupación pequeña. La que daba vueltas bajo la almohada, la que hacía nudo en la pequeña ceña.

 

El tercer chirrido, sereno y claro, levanta un pensamiento inquieto, suelto, y se lo lleva entre sus patas finas donde el olvido tiene ya su cuelto.

 

Así, monótono, constante, cierto, el grillo va marcando la caída. Cada minuto es un insecto alado que carga un peso y a la sombra huida.

 

Y en su repetición hay un conjuro, un ritmo ancestral, un hechizo profundo. No cuenta lo que falta para el día,

cuenta lo que sobra para el sueño.

 

Su canción no es melodía, es camino, un desgranar de piedras del sendero. Cada chirrido limpia un polvo más,

allana el paso al descanso verdadero.

 

Escúchalo muy lento, con los ojos ya cerrados, la respiración en calma. Deja que sus minutos-relojeros

te despojen de toda falsa alma.

 

Hasta que el último chirrido suene, y no quede un suspiro que te ate. Sólo el silencio, ancho y sin medida,

y tú, viajero, en el umbral del sueño, desnudo de minutos, al fin, a salvo.