No irrumpe: aprende a entrar despacio, como si supiera que aún estamos frágiles.
Toca las paredes con manos tibias, se posa en el borde de los objetos y les devuelve un nombre después de la noche.
El mundo despierta sin promesas, solo con la respiración justa, ese milagro mínimo de seguir aquí sin tener que explicarlo.
Hay un silencio nuevo que no es vacío, es espera.
Un acuerdo tácito entre el cuerpo y el tiempo.
La primera luz del día no salva, pero acompaña.
Y a veces, eso basta.
-------------
Rafael Blanco López
Derechos reservados