JUSTO ALDÚ

LA LEYENDA URBANA DE LIGIA ELENA

Dicen que la noche en que todo comenzó, la ciudad de Panamá estaba vestida de brisa salada y neón tímido. Era a comienzos de los años cincuenta, cuando los combos internacionales hacían bailar hasta a las farolas, y las trompetas eran faros que guiaban corazones.

Ligia Elena, niña-adolescente de apellido largo, de alta sociedad y zapatos de charol, salió al balcón de su casa encumbrada solo para escuchar mejor. Desde el club cercano, una trompeta lloraba y reía al mismo tiempo. No era música: era un hechizo.

La nota más alta atravesó la noche como una flecha dorada, y Ligia Elena sintió que algo dentro de ella se soltaba del corsé invisible de su mundo. Bajó las escaleras sin avisar, como quien sigue a un sueño que silba.

En la puerta trasera del club, lo vio.

El trompetista tenía los ojos cansados y la sonrisa fácil, con el instrumento brillándole como un sol pequeño entre las manos.

—¿Te gusta la música? —le preguntó él, sorprendido de verla ahí, tan fuera de lugar como una rosa en una cantina.

—No… —dijo ella, tragando nervios—. Me gusta cómo tú la tocas.

Él rió bajito.

—Entonces no es la música. Soy yo el culpable.

—Tal vez —respondió ella—. O tal vez es la trompeta. Suena como si me estuviera llamando.

El músico bajó el instrumento.

—Las trompetas no llaman. Las personas sí.

Y desde esa noche, se llamaron.

Se veían a escondidas: detrás del club, bajo un almendro, en esquinas donde el tiempo parecía hacerse el distraído. Él le hablaba de giras, de hoteles baratos, de escenarios donde el sudor también era aplauso. Ella le hablaba de fiestas elegantes, de estudios planeados, de un futuro que otros habían escrito por ella con tinta fina.

—Yo no quiero ese futuro —le dijo una vez—. Yo quiero uno donde suene tu trompeta.

—Eso no da seguridad, Ligia Elena.

—Pero da verdad.

Y la verdad, como la música, no se puede encerrar.

Una madrugada, sin más equipaje que un vestido sencillo y un corazón decidido, Ligia Elena se fue con él. La ciudad despertó con el rumor: la niña rica ha desaparecido.

En la sala grande de la casa familiar, el aire se llenó de llanto y abanicos nerviosos.

—¡Ay, comadre! —decía una amiga de la madre—. ¿Cómo es posible? ¡Con todo lo que tenía!

La madre, pálida como una porcelana rota, murmuraba:

—¿En qué fallé? ¿Qué le faltó? Colegios, viajes, comodidades… ¿Por qué se fue?

El padre caminaba de un lado a otro como un león sin selva.

—Eso no es amor. Eso es locura. Se la llevaron con música y promesas.

—¿Y si ella fue porque quiso? —susurró alguien, casi con miedo.

Nadie respondió.

Mientras tanto, en algún pueblo, en alguna carretera, en algún hotel donde las paredes escuchaban boleros, Ligia Elena reía. Barría cuartos, planchaba vestidos, esperaba tras bastidores, y cada noche, cuando la trompeta sonaba, sentía que el mundo estaba exactamente donde debía estar.

—No eres una princesa —le dijo él una noche.

—No —respondió ella—. Soy libre.

Con los años, la historia se volvió leyenda. Se cantó en buses, se murmuró en salones, se exageró en cantinas. Algunos decían que vivía en Nueva York, otros que en La Habana, otros que había vuelto rica de amor y pobre de dinero, pero invencible de espíritu.

Y así, en Panamá, cuando las niñas apagan la luz y escuchan un radio lejano, todavía se hacen la misma pregunta, con un suspiro que es mitad risa, mitad esperanza:

—Ay Señor… ¿y mi trompetista cuándo llegará? 🎺✨

 

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