Cuando la sangre, impulsada por el corazón,
llegue a cada célula y a cada átomo,
pura como la nieve del invierno;
libre de toxinas, no de alimento...
sino de la niebla que enturbia el pensamiento…
Y la mente se descubra, sin saberlo,
prisionera de sus propios laberintos, tejidos hilo a hilo desde el cordón umbilical,
con la posibilidad de destejer y volver a hilar
dentro de una senda que se llama eternidad…
donde la luz crece más cuanto más acompaña la paz.
Cuando la sangre nutra cada neurona con luz y claridad,
apartándola de la niebla existencial y de los pliegues ocultos de la mente,
hayan sido creados por uno mismo o no.
Entonces cada célula y cada átomo, impulsadas por el corazón,
harán del futuro, en este mundo,
un presente mejor...
llevando cada chispa de vida hacia lo eterno sin rendición.