Sostengo algo que me hace creer que soy incapaz,
deja una herida muy profunda en mí,
como si algunas de esas sombras
clavaran un cuchillo sin parar,
queriendo derribar lo único que me queda de humanidad.
A veces mi mente me pregunta
si soy capaz de matar a mi propio yo,
arrancarme de encima
todo el odio y resentimiento
que cargo contra mí mismo.
No busca perdón, ni ser perfecto,
busca consuelo en el mismo infierno.
¿Quién daría un poco de su sangre
para salvar a alguien
que no tiene ni siquiera una pizca de oportunidad
de salir de esa prisión
que creó por su cuenta?
Para no salir dañado,
no pensó que podía perjudicarlo aún más.
Se dio cuenta demasiado pronto
de que ya había muerto
por sus propias manos:
esas manos que buscaban algo de fe
y que, sin saberlo,
crearon su odio, su muerte
y su autodestrucción.
¿Quién era realmente
para destruir lo poco que me quedaba?
No solo sostengo mi odio y arrepentimiento,
también el dolor
y aquellas lágrimas que fueron tapadas,
esa codicia de matar las horas
ocultando la realidad.
En aquellos ojos, ya desgastados de no dormir,
en aquellos labios,
inmunes a soltar una sola palabra,
su cuerpo se volvió polvo,
como si él mismo
manipulara cada parte de su caída,
haciendo que todo en él
resultara completamente débil.
Ni siquiera tenía estabilidad para mantenerse en pie.
Apenas sabía cómo respirar lento,
porque olvidó cada cosa de sí,
deseando desaparecer por completo,
como alguien inexistente
ante la gente.