Pacto de Equilibrio
Te invito a compartir este sendero bajo la lluvia suave de abril,
sin pedir que permanezcas hasta el último aguacero del mes.
Te ofrezco el mapa de mi mundo interior con sus bosques y su niebla,
sin exigir que memorices cada vereda o cada nombre secreto.
Solamente extiendo mi brazo hacia el espacio que habitas.
Deseo que observes conmigo el río que arrastra hojas doradas,
sin que sea preciso que nombremos la misma nostalgia en la corriente.
Anhelo ascender la colina donde el viento despeina los pensamientos,
sin que debas sostener mi paso si titubea en la pendiente.
Caminamos juntos, aunque la cuesta tenga distinta inclinación.
Mis alas son pájaros antiguos con plumas de viajes largos y solitarios;
necesitan posarse en la rama de tu silencio comprensivo y calmo.
No pido que las repares, solo que reconozcas su peso y su historia,
que veas el polvo de caminos que aún brilla en su superficie.
Ese cansancio es parte del vuelo y no un reclamo.
Traigo en las manos semillas de un jardín que quizá nunca brote;
no espero que las riegues ni que prometas futuras flores.
Es mi fe personal, una luz que llevo dentro de la antorcha.
Puedes mirarla de lejos, con la curiosidad de quien ve un fuego ajeno.
No hace falta que pronuncies ningún conjuro ni palabra.
Si alguna vez la noche se te hace demasiado densa y fría,
mi puerta es un faro modesto con su haz de compañía constante.
Eres una figura esencial en el paisaje de mi existencia,
un color que da sentido al cuadro completo de los días.
Esta verdad es simple como una piedra lisa en la palma.
Te convido a imaginar dragones en las nubes pasajeras,
sin que tu imaginación deba seguir el rumbo de la mía.
Puedes ver castillos donde yo solo diviso vapor blanco,
y ambos tendremos razón bajo el mismo cielo infinito y abierto.
La fantasía no tiene dueño ni caminos obligados.
Te abro las puertas de la casa de mis recuerdos sin candado;
puedes recorrer sus salas vacías, sus ventanas con vistas al ayer.
No hay obligación de admirar los cuadros ni de limpiar el polvo,
ni de preguntarte por qué no estabas en aquellos retratos antiguos.
El pasado es un libro abierto que se hojea sin reproche.
Propongo fusionar dos almas en un solo horizonte amplio,
guardando el territorio sagrado de cada cuerpo y su respiración.
Seremos como dos árboles cuyas raíces se encuentran bajo tierra,
mientras las copas se saludan con libertad en el aire soleado.
El amor es espacio y crecimiento, no es jaula ni cadena.
Te pido que avances a mi lado en una línea paralela y clara,
sin que mi sombra proyecte oscuridad sobre tu camino hacia adelante,
sin que tu mirada se nuble por tener que observar solo mi espalda.
La equidistancia es un arte de respeto y de compañía genuina:
el compás perfecto de dos voluntades que eligen ir juntas.
Si este pacto de libertad y compañía resuena en tu corazón,
aquí encontrarás mi mano abierta como un nido vacío y tranquilo.
Su contacto es un puente leve de piel, un rumor de presencia,
un juramento tácito de no abandonar el sitio del otro.
El acuerdo se sella con un tacto y un mirar prolongado.
Así es la invitación: un documento sin cláusulas ni plazos,
escrito con tinta de confianza sobre papel de realidad diaria.
Una promesa de compartir el viaje sin confiscar el equipaje,
dos historias que se leen en voz alta sin mezclar los capítulos,
y el mundo sigue girando con suavidad bajo nuestros pies.
—Luis Barreda/LAB
Norfolk, Nebraska, EUA
Enero, 2022.