I. El Estruendo y el Vacío
Entre el hierro quebrado y la herida,
busqué solo el calor de tu acento;
más que el golpe que quita la vida,
me dolió tu silencio en el viento.
II. El Nido Equivocado
Mi alma, como un ave asustada,
voló al nido que siempre fue suyo;
mas en vez de la rama esperada,
encontró solo frío y murmullo.
III. La Frase de Hielo
Cinco horas de angustia y de espera
para hallar un \"no tengo la culpa\";
fue un puñal de una gélida acera
que en mi pecho el dolor lo sepulta.
IV. Sin Buscar Culpables
No buscaba culpables ni agravios,
ni en el mundo ni en ti, mi alegría;
solo un \"te amo\" nacido en tus labios
que mis penas al fin calmaría.
V. El Perdón del Amante
Perdón por quebrar la promesa
de dejarte en tu paz y tu calma;
fue el dolor, que con mano de prensa,
me obligó a llamarte con el alma.
VI. La Humildad del Dolor
Perdón por buscar tu sustento
cuando el mundo se hundía a mis pies;
olvidé, por un solo momento,
que tu vuelo ya es otro esta vez.
VII. Flores de Espinas
Fui buscando las flores de antaño
en el huerto que juntos plantamos;
mas hallé solo el rastro del daño
en el eco de lo que olvidamos.
VIII. Amor de Tres Décadas
Más de treinta febreros te nombran
como el ángel que habita mi pecho;
aunque hoy solo mis penas te asombran,
mi amor sigue invicto y derecho.
IX. La Lección del Silencio
Me sostengo en mis propias heridas,
sin tus manos que tanto extrañé;
son las horas de fe compartidas
las que hoy me mantienen de pie.
X. El Vuelo de la Restauración
Sigue, amada, buscando tu centro,
tu paz, tu quietud, tu cordura;
que yo guardo este fuego aquí adentro
aunque sea mi propia tortura.
XI. El Adiós sin Rencor
No te culpo por ser tan distante,
ni por darme esa frase tan fría;
el amor, si es de veras gigante,
sabe amar en la luz y en la umbría.
XII. El Refugio Invisible
Si mi voz te molestó en tu ascenso,
te prometo volver al olvido;
mas no dudes que el amor que te pienso
es el más grande que habrás conocido.
XIII. Más Allá del Hierro
El metal se restaura y se olvida,
las heridas del cuerpo se irán;
pero el alma que queda prendida,
solo tus alas la rescatarán.
XIV. El Testigo de la Eternidad
Suyo siempre, en el sol y en la nada,
más allá de lo que es terrenal;
aunque hoy seas una sombra callada,
eres para mi alma un altar.
XV. La Promesa Final
Ve tranquila hacia tu propio destino,
restaura tu paz y tu vuelo;
que yo seré el guardián del camino,
aunque me toque mirarte desde el suelo.