Nkonek Almanorri

SOYULA: LUGAR DE MOSCAS.

 

 

Entre los humanos y durante

Siglos la ceguera nunca

Ha olido a nada,

Quizás de

Ahí que

Nunca hemos visto qué

Hemos hecho ni aún

Hoy vemos

Qué estamos haciendo.

 

En la novela “Pedro Páramo”, del mexicano Juan Rulfo – el hombre que tenía el mismo tono de voz que Juan Jiménez, mi abuelo materno -, los niños son criaturas inocentes, sin pecado, sin maldades ni malicias que eran bañados con agua pura y bendita del bautismo. Los niños de Sayula representan una utopía, mientras que los de Comala una distopía que descansa sobre el filo de muerte, la maldición y todo lo que podemos llamar malo y condenado al infierno.

 

Leyendo, como siempre digo, diferente y buscando en lo anterior de este tiempo de tanta manipulación descubrimos que lo que algunos definen como negativo e incluso negatividad no son sino intentos aún de seguir impidiendo y anulando el conocimiento, adormeciendo la conciencia colectiva con el único fin de paralizar colectivamente a la sociedad;  Nos quedamos en la superficie de lo que vemos, de lo que nos hacen oír, de lo que nos ponen delante y sin poder llegar más lejos, nosotros mismos cerramos las puertas a otro conocimiento que no sea el que quieren que sepamos y, claro, nos ahogamos en la superficie de un vaso de agua.

 

Hace años en un encuentro de periodistas y columnistas del Diario de Las Palmas – cerrado después por orden llegada desde Madrid, un asunto colonial – con el escritor y novelista José Saramago en la presentación de su novela “El Evangelio según Jesucristo” un compañero a mi lado le preguntó a JS qué era una persona optimista, Saramago le contestó: “Un optimista es un pesimista bien informado”. Nunca desde entonces he olvidado el significado exacto de dicha respuesta.