David Marín Castaño

Resaca del instante

El tiempo deja caer cenizas sobre mi boca. A veces siento que cada minuto erosiona mis entrañas, como si un animal invisible mordiera mis costillas desde el recuerdo y la calma. No hay refugio: todo lo que amamos se oxida en su saliva invasora.

He intentado razonar con las horas, ofrecerles silencio, obediencia, hasta una forma de ternura, pero ellas siempre regresan con ese zumbido inhumano, esa ingravidez de puntualidad sin cordura, recordándome que soy su huésped, su marioneta, su sombra.

Por eso me dejo ir. Me embriago de lo que queda: del gemido de la tarde en los cristales, de la música que flota sin miedo a caer, del olor a hierro cuando llueve, del grito de la alondra que corta el atardecer. No busco el olvido, busco la fisura y su borde. Habitar el instante antes de que se desvanezca y todo desaparezca.

Y cuando llega la resaca del tiempo —esa claridad cruel que corta la respiración y la vida—, solo me queda una certeza: la sobriedad también mata, solo que más despacio, más embebida y suculenta.

Así que deberé beber de la sombra, del aire, de la herida, de labios que hablan, del vino de mi copa hasta confundirme con todo lo que pasa, flota, mira y toca. Hasta que el reloj, cansado de esperarme, olvide pronunciar mi nombre con sus labios agrietados y sus manecillas rotas.