Se rinde la piel, ya mapa de inviernos, al surco lento que el tiempo decide; ya no somos fuego, ni somos eternos —como quizá alguna vez lo creímos—, somos el resto de lo que hoy coincide.
La vista se nubla, el paso se cansa, pero la memoria es luz en el pasillo: un brillo que guía hacia la puerta abierta, encontrando el nido en el menor tiempo. En esta travesía de calma mansa, tu mano es el puente sobre todos los ríos.
No importa el despojo ni las heridas, ni el cuerpo que olvida su antigua estructura; si al final del día, tras la última puerta, tu amor es el nudo que se desarma y me asegura que allí estás.
(A la mujer de mi vida.)