No se fue de golpe.
Se fue como se va la luz cuando uno aún la necesita:
sin ruido,
sin aviso,
dejando todo oscuro.
Fue bonito mientras existió.
Bonito reír,
bonito compartir silencios,
gustos, disgustos,
planes que nunca llegaron a nacer del todo.
Bonito creer.
Bonito imaginar un “nosotros”.
Pero ahora se va.
Y mi corazón se queda solo.
No vacío…
solo.
Se lleva algo de mí.
No mis cosas,
no mi cuerpo,
no nada que se pueda tocar.
Se lleva eso que me hacía sentir completo,
eso que me hacía volver a casa aunque estuviera lejos,
eso que me daba paz en medio del caos.
Y duele.
Duele como duelen las pérdidas que nadie ve.
La seguiré queriendo.
Aunque no lea estas palabras.
Aunque no me escuche.
Aunque no me mire.
Aunque no me encuentre jamás.
Seguiré escribiendo cartas que no llegarán,
poesías que nadie responderá.
Hablaré bien de ella.
De lo bien que le hizo a mi corazón.
De lo feliz que fui cuando creí que era para siempre.
Ahora se fue.
Solita.
Y yo respeto la libertad.
Respeto las decisiones.
Respeto a quien elige irse.
No pregunto.
No reclamo.
No retengo a nadie.
A quien decide caminar solo —o con alguien más—
solo le deseo suerte…
aunque por dentro me esté rompiendo.
Lloraré.
Lloraré en silencio.
Lloraré de noche,
cuando nadie mire.
Las veces que haga falta.
Pero no insistiré.
No persigo a quien ya se fue.
No mendigo amor.
No hablo mal.
No guardo odio.
Eso no soy yo.
Todo quedó suspendido en el aire:
las promesas,
las risas,
los “algún día”,
los mensajes que ya no llegarán.
Y eso es lo que más duele.
Saber que fue real…
pero no suficiente.
Tal vez me equivoqué.
Tal vez amé demasiado.
Tal vez creí más de lo que debía.
Tal vez confundí palabras bonitas con certezas.
Y ahora cargo con eso.
Pero vida mía,
tengo que levantarme.
Aunque no quiera.
Aunque el pecho pese.
Tengo que buscar la luz
cuando todo parece oscuro.
Tengo que aprender a seguir
sin la persona que yo creí mi hogar.
Yo te seguiré queriendo.
En silencio.
Desde lejos.
Con respeto.
Guardaré las conversaciones,
las risas escritas,
los recuerdos que aún duelen tocar.
Te llevas una parte de mí…
y yo me quedo aquí,
aprendiendo a respirar con menos corazón.
No te guardo rencor.
Solo tristeza.
De esa que no grita,
de esa que se queda.
Y así termina esta historia:
tú siguiendo tu camino,
yo quedándome a reconstruir
lo que quedó roto…
con lágrimas,
con dignidad,
y con amor
que no supo irse a tiempo.