Poco a poco va llegando el tiempo en que sin darnos cuenta empezamos a quedarnos en los lugares de donde antes huíamos, a sentarnos junto a nuestras sombras sin pedirles que se marchen.
Todo ocurre despacio, como quien entra a una casa abandonada y abre las ventanas sin saber qué polvo caerá sobre la memoria.
Durante mucho tiempo tocamos nuestros bordes con cautela, como si el corazón fuera un territorio ajeno o una herida que convenía ignorar.
Ahora escuchamos nuestros silencios, no para llenarlos, sino para entender qué quieren decir cuando no dicen nada.
Nombramos nuestros miedos sin convertirlos en cárceles, aceptamos que no todo lo roto pide ser reparado.
Habitarnos no es vencernos, es dejar de exigirle luz a cada día, es permitir que la noche también tenga un lugar donde quedarse.
Y en ese gesto sencillo, casi invisible, empezamos a reconocernos como quien vuelve a casa sin hacer ruido.
-------------
Rafael Blanco López
Derechos reservados