Escribir es viajar a los recovecos de la mente y del espíritu,
hallar serenidad en lo profundo,
detener el tiempo en la pausa de la conciencia.
Es reconocerse en lo que surge,
fluir letra a letra,
y reposar en una paz sin ruido.
Es exprimir la mente como una esponja y descender al territorio interior donde respira el alma.
Es apartarse del estruendo del mundo y coser, en silencio,
las grietas invisibles del propio ser.
Es ahondar hasta ese punto
donde no se alcanza un destino,
pero al estar ahí ya no se pertenece a otro lugar.
Porque escribir no es meta:
es presencia.
Encuentro con la quietud íntima,
lejos del eco exterior.
Escribir no es terapia, es solución;
no es aislarse, es encuentro;
no es ruido, es reposo.
Escribir es, sin duda, una forma de tejer lo no escrito...donde cada letra toma vida, luz y voz.