Te dedico cada estribillo de esta canción que resuena en mi habitación esta tarde de febrero, este crepúsculo que alcanzó su esplendor a las 18:45, el silencio que me aborda a las 20:06 y me hace clavar la mirada en el techo de la habitación. Hace días que camino y rondas en mis pensamientos como un punto de quiebre en mi vida; incluso, a veces te hablo mientras preparo el almuerzo y se me inunda el ser de una melancolía ostentosa. No hallo fuerzas para huir de ti; doy vueltas por la casa para distraer tu recuerdo. ¿Me pregunto cómo son tus días, qué novela lees ahora y cómo luchas contra mi ausencia? Hace un par de días pasé frente al café del centro y estiré la mirada hacia dentro creyendo ver tu silueta en una mesa bajo el mostrador, pero creo que fue más mi deseo de encontrarte el que causó esa visión. Han pasado ya 72 días y 11 horas, y a estas alturas de la vida debería haberte superado, pero cuando miro nuestra foto sobre el buró vuelvo a alojar la esperanza, como si no me bastara con la almohada húmeda y el insomnio de ti.