A Vivaldi
Como canción sublime que se quedó grabada
en el casette vibrátil de una estación del año,
apareció Vivaldi sin proclamar tamaño
y estacionó sus planes con solo una mirada.
Tras observar al tiempo, no se contuvo nada;
le contagió el silencio mientras desvió al engaño,
en su interior, las notas, de un despertar extraño
que concibió a detalle con sensación sagrada.
Y en el buscar las notas compaginó la vida,
pues proclamó su aliento, sanando cada herida
que sobre el alma yacen con descripción letal.
Por eso cuando nace de un talentoso el eco,
reverberea todo tal cual el polvo en seco;
entonces que Vivaldi se ha vuelto un inmortal.
Samuel Dixon