Briss

Infinito

Miro arriba,
miro al cielo,
con su gran inmensidad,
el espacio vacío
que se llena de manera caótica.
Gente a mi alrededor.


Al poner atención,
el cielo mira de vuelta.
Me llena de esperanza,
inspiración,
ganas de crecer,
para algún día
poder tocar ese infinito.


Miro abajo,
miro al abismo,
con su gran inmensidad,
inundado
de una oscuridad sofocante.


Trato de describir lo que veo
y fallo en el intento.
Me lleno de horror.
Me siento aterrado.
Tengo miedo de entrar
pero, en toda la confusión,
siento curiosidad.
Una curiosidad me invade.


Quiero entrar.
Quiero que me consuma.
Quiero que cada parte de mí
se vea envuelta en su espacio.
Pero al ver al abismo a los ojos
no siento otra cosa
que no sea terror.


Miro a mi alrededor.
Estoy en otro espacio.
La palabra lugar
no define dónde me encuentro.
No.
Todo ha desaparecido.


Estoy rodeado de un espacio vacío,
un espacio que mi mente
no logra comprender.
Sin un sentimiento definido,
sin un pensamiento claro.


No me encandila,
no me abruma.
Solo puedo distinguir
un sentimiento
de simple admiración.


Hay un abismo frente a mí,
va más allá
de lo que puedo ver.
No logro distinguir
si existe algo dentro de él.


Estoy obligado a avanzar,
a explorar.


Hay un abismo detrás de mí.
Mientras más me alejo,
más avanzo.
Menos veo.
Más rápido se desvanece
lo que queda atrás.


Veo cosas desvanecerse.
Veo cosas cambiar.
Veo cosas aparecer.
Veo cosas que no están ahí.
No veo cosas que me dicen
que están ahí.
No veo nada.


Estoy solo en mi abismo,
pero distingo figuras dentro de él.
Figuras con las que no puedo interactuar,
figuras que viven
en su propio abismo,
figuras que no son conscientes de mí.


Veo desesperación.
Veo miradas desfasadas,
casi ciegas,
incapaces de ver lo que las rodea,
y mucho menos
de comprenderlo.


A mi derecha,
figuras avanzan con fe ciega.
Tratan de adelantar a los demás,
pero no avanzan,
no llegan a ningún lado,
no se mueven
dentro de este espacio.


A mi izquierda,
figuras estáticas.
No se mueven.
Observan a quienes corren
e imaginan por qué lo hacen.
Congelados en su pensamiento,
quietos,
sin ninguna duda.


Escucho susurros.
Susurros que dicen
que el abismo tiene límites,
que conocen a quien los ha encontrado,
juran haberlo presenciado.


Escucho susurros.
Susurros que dicen
que esto no es un abismo,
que el sentimiento que llena este lugar
es ajeno
a quien lo observa.


Veo a aquellos que caminan.
Se detienen.
Clavan su mirada en mí.
Soy el objeto de su mirada.
Una mirada penetrante.
Me atraviesa.
Siento mi alma
abandonar mi cuerpo.


Entonces veo.
Veo cómo su mirada
cambia de anfitrión.
Veo cómo avanzan.
Veo que no miran atrás.


Miro a mi alrededor.
Pierdo el frente y el detrás.
Confuso, busco
hacia dónde ir.


Escojo una dirección al azar,
solo para avanzar,
solo para no desvanecerme,
para no desaparecer
dentro de este abismo.


Al cerrar los ojos,
me encuentro dentro de un abismo.
Un abismo vacío.
Silencioso.
Pero, más que nada,
grande.