Llevadme lejos del mar
el día que ya este muerto
donde sus alas de espuma
no vuelen sobre mis sueños,
allí donde no se sientan
los ecos de marineros
cantando al son de las olas
con el compás de los remos.
Ni playas ni acantilados
quiero después de morir.
Porque el mar estará vivo
y yo no podré sentir
su bravura en mis oídos.
Que la rosa de los vientos
sobre mi tumba decore
y no haya más ornamentos.
Ni cruces, velas ni flores.
Y cuando pasen los años
y por mí, ya nadie llore,
vendrá un nubarrón oscuro
a dejar agua salobre.