La sinfonía sonaba estruendosa; mi palpitar el chelo, el tuyo los violines, mi mente la armonía, la tuya el caos.
El viento corría entre nuestros dedos como en las cuerdas de un instrumento desafinado, cada vez más armónico, o cada vez más caótico, sigo sin saberlo.
Aquella orquesta que provocábamos al caer la noche; fuiste un ruido casi inaudible que desacomodaba todo, pero que sin darme cuenta me daba lo que me faltaba.
Es extraño que cuando ese sonido cesó, nada volvería a sonar igual, y que nunca llenaría un auditorio de nuevo sin él.
Silencio súbito.
Arritmia constante.
Y notas mentales.
De cualquier forma, caí en cuenta que no existe tal cosa como la \"armonía\", al final, no fue más que solo ruido.