R.

Sonrisa.

Me ofreció una sonrisa,

y en ese instante comprendí

que hay adicciones que no matan,

pero te dejan temblando el alma.

Yo, que nunca tuve vicios,

me descubrí esclavo del más dulce,

ese gesto curvado en sus labios

que me condenó sin avisar.

Y ahora lo busco a cada paso,

como quien persigue el aire,

como sediento tras el agua,

como un perdido tras la fe.

Su sonrisa:

mi pecado favorito,

mi necesidad secreta,

mi vicio eterno.