Por eso mírate,
insiste en mirarte en el espejo,
aunque el día se quiebre en tus hombros.
Eres hermosa
con o sin esas curvas
que detienen el tráfico del mundo
y desordenan el pulso del corazón.
Pero no es tu cuerpo
—ese huésped del tiempo—
el que me desvela,
sino la forma en que tu alma
se desnuda al caminar.
Tu alma tiene la figura exacta
del deseo que no muere,
hechiza, incendia,
vuelve loco al que ama
sin defensas,
al que se enamora de verdad
y ya no quiere salvarse.
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