El reflejo de los perros cobardes
Dime,
estatua ósea,
¿sabrán los perros
que pesares guardamos?
¿Tus tiempos de insaciables penurias
sin pensar siguen
de cuánta pena se hicieron envenenar?
Observo de tu buche
el hervor de las palabras buitreras,
gurúes de congojas invisibles,
letras agudas,
colmillos que en tu reflejo se clavan.
Lloraron tus tiempos de gula temible
porque rastreaste
de la lucha el hambre,
pero hallaste
del hambre la lucha.
Bestias de corazones derretidos fuimos,
somos, e indulto pido;
te dimos caza en el frío ensimismado,
averno desde el que soy
prisionero, luna y candado.
No obstante con la daga no
fue que perpetuamos la injuria,
pues no te vimos, bestia,
sino en el suelo opalescente
de nosotros mismos.
Por eso, cuéntame,
confidente de huesos adversarios,
¿sabrán los perros
lo que verdadero relamen,
o me relacionan compañero
de sus pelos nacionales?
¡Bestia, por favor!
¡Traiciona tu trance
y vocifera a mi oído lo que te pregunto!
Y es que,
si en tus grietas de melena vieja
el coágulo de encono estirpe yace,
¿de los perros el acompañarnos por qué nace?
De intelecto tuyo lector no figuro;
parto de la noche
en que a mis pieles encajaste tus furias,
y tras sentir mi carne en mis dientes,
seguí sin visualizar
la viveza cruel
que hay en las penas.