El inventario del frío
No busques el corazón.
Lo he dejado en el perchero,
junto a los abrigos que ya no calientan
y el paraguas roto de las promesas.
Hoy la casa es una boca abierta
que se traga el eco de mis pasos.
He contado los clavos de la pared
como quien cuenta las estaciones de un calvario
que ya no tiene cruz,
solo madera.
Hay un modo de romperse
que no hace ruido:
un derrumbe de hormigas en la sangre,
un silencio de cal que se desprende
del techo de la infancia.
Señores, disculpen la demora,
pero me he quedado atrapada
en la costura de un adiós que no termina.
Me he vuelto experta en el arte de la resta:
menos luz,
menos carne,
menos nombre.
Solo queda este residuo,
este polvo de estrella muerta
que insiste en brillar
bajo la suela de los que pasan de largo.
Al final, la muerte no es un viaje.
Es quedarse sentado,
viendo cómo el tiempo se come las manos
con las que alguna vez
intentamos detener el mundo.
© Nelly Cevallos-Liora