Aprendí a perder
sin gritar,
sin romper la casa,
sin nombrar a nadie en voz alta.
La ausencia se volvió rutina,
como el polvo en los muebles
o el silencio después de las noticias.
Ya no duele de golpe:
duele en cuotas pequeñas,
pagaderas cada día.
Normalizamos la pérdida
cuando dejamos de preguntar
por qué la silla está vacía,
cuando el recuerdo ya no arde
sino que entibia.
Se nos fue la gente,
los sueños,
las versiones de nosotros mismos
que creían que todo era reparable.
Y aun así, seguimos.
No por valentía,
sino por costumbre.
La pérdida dejó de ser tragedia
y se volvió paisaje.
Un fondo gris
sobre el cual aprendimos
a caminar
sin mirar atrás demasiado tiempo.
Porque mirar de más
también cansa,
y vivir —a veces—
es simplemente
aprender a convivir
con lo que ya no está.